MORIRSE


Tenía otro tema en mente para escribir esta semana pero el jueves murió el padre de una compañera de clase de mi hija, hombre joven, y ésto ha hecho que cambie de parecer.

Hace muchos años escuché de boca de Camilo José Cela una frase que no he olvidado, decía: "Morirse es una vulgaridad, porque lo hace todo el mundo". Y lleva razón, la muerte es parte de la vida.
En nuestra sociedad, eso de morirse da un poco de "yuyu", y lo digo por la de veces que en los tanatorios preguntas aquello de :¿y tú , eres de los que te acercas a ver al fallecido o no?, y más de uno, de dos, de tres... te contestan : -"no, yo no, que a mi me da un no sé que".

No sé si por suerte o por desgracia he asistido a numerosos sepelios y, la verdad sea dicha, he visto montones de cadáveres, unos arregladitos, y otros reflejando en su rostro todo el sufrimiento que pasaron en vida; pero, al fin y al cabo, cuerpos sin vida, como dormiditos, que como solemos decir a modo de consuelo "ya han descansado". Porque es en vida realmente cuando hay que acompañar.

Una buena amiga mía, trabajadora social, me contaba el otro día el impacto tan tremendo que le causaba la soledad de los enfermos terminales que ella gestiona. Me decía que hay montones de personas solas en su casa, con la única asistencia de una auxiliar de hogar que va un rato, cambia al enfermo, le da la comida y poco más. Yo, con los ojos como platos, le preguntaba: ¿y sus familias?; "ya ves - me decía - van alguna vez ( los que van) a la semana o cada quince días", en cualquier momento abren la puerta y se encuentran de cuerpo presente al "ser querido"( el entrecomillado es de mi cosecha).

Así que, por lo visto, no sólo nos da miedo ver "fiambres", sino también acercarnos lo más mínimo a lo que huela a muerte. Y lo cierto es que a todos nos va a tocar antes o después pasar por esa situación.

A mi, para que nos vamos a engañar, no me gustaría un pelo pasar por ese trance sola.Tiene que ser tristísimo no sentir una mano caliente que apriete la tuya, unas palabras de cariño en tus últimos días. Y no nos damos cuenta de eso ni aunque nos esté rozando. Hay personas que dicen no tener la fortaleza suficiente para aguantar acompañar en la despedida; pero creo que son excusas. Fortaleza la tenemos todos. Otra cosa es que sea o no plato de gusto.

El jueves escuché una historia conmovedora. Un hombre de cuarenta y cinco años se encontraba mal una mañana y andaba enfadado con su esposa desde hacía algunos días, no se comunicaban. Total, que fue al médico sin decirle nada a su mujer. Pasó el día en el trabajo y, a la noche, llegó a su casa cayendo fulminado por un infarto. Lo encontró su hija de diecisiete años en el suelo. Cuando la mujer, al cabo de unos días, lo relataba, solo decía: "quereros mucho, no os enfadéis", "no os dejéis de hablar".Tenía una espina clavada en su corazón que le dolía más que la muerte del marido.
Y es que no nos damos cuenta de la cantidad de tonterías que hacemos entre los "vivos". No, no hay forma de hacernos ver que, cuando llega el adiós definitivo, ya no hay nada que hacer. Mientras, nos dedicamos a sacarle punta al prójimo, a ver pajas en los ojos ajenos, a vivir metiditos en nuestro egoísmo...como si fuéramos eternos. Cuanta ignorancia.

Recuerdo un amigo al que se le murió el abuelo y, por esa causa, dejaron de tratarse dos de sus familias. Al preguntarle por el hecho me increpó: " ahora no me vayas a hablar de amor". Pues sí, justamente era el momento de hablar de lo que para él era una estupidez; ¿por qué?, pues porque los roces y las riñas duran ad infinitum. Y no me cansaré de decirlo, cada ser humano somos únicos e irrepetibles con derecho a recibir todo el amor del mundo, y toda la misericordia posible. Y el que esté libre de pecado pues que vaya tirando la primera piedra.

No sé si esta semana mi escrito dominical será más corto o más largo de lo habitual; pero está escrito desde el cariño y en homenaje a dieciséis críos de trece años que el jueves tuvieron el detallazo de "quedar en el tanatorio" para acompañar en el dolor a su compañera de clase.Era para casi todos ellos la primera vez que acudían a ese lugar y se enfrentaban con una situación parecida. ¿La nota?: de sobresaliente. Cumplieron su misión: arroparon durante casi tres horas a la doliente y no querían irse. Nosotros, los padres de esas criaturas, no salíamos de la admiración.

Viendo aquella escena no pude evitar una sensación de calor interior: lo mismo tenía delante a una pandilla de valientes, de esos que acompañan, de esos a los que les gusta que se les hable de amor, de esos a los que nos les importa acercarse a ver el dolor.
Y luego dicen algunos que los niños no saben enfrentarse a la muerte.

Comentarios

Anónimo ha dicho que…
Amiga,
Me hiciste recordar una escena similar en mi vida hace años. Estudiaba en el Colegio, cuando el padre de mi mejor amiga murió de un infarto. Ella tenía unos 11 de edad. El impacto que vivimos todos sus compañeros fue sorprendente, yo creo que en parte por habernos puesto en su lugar, e imaginar lo horrible que debía ser perder a tu padre a esa edad y de esa manera tan repentina. Recuerdo que todo el grupo de clase, maestros y alumnos, acompañamos a nuestra compañera. Estuvimos en su casa y en el tanatorio, allí nos turnábamos para que nunca quedará sola con tal sufrimiento. En esos días las diferencias que podían existir entre alguno de nosotros desapareció, ya que era un momento importante de apoyo.

Es cierto que solemos liarnos a diario con nuestros seres queridos, sin razón alguna. Hay veces que creo que es, simplemente, por dejar la monotonía... pero vaya manera de variar... jajaja Así somos, y aún nos queda tanto por aprender. Aprender a valorar la VIDA.

Cariños
Anónimo ha dicho que…
Quisiera compartir el consejo de los Ángeles del día 20.04. del libro de Terry Lynn Taylor & Mary Beth Crain "365 meditaciones con los ángeles".

Para hoy nos hablan sobre EL OBSERVADOR.
Ellos piensan que: "cuando nace un nuevo ser deberían poner en las puertas de la Tierra un cartel que dijera ¡Cuidado! Entra usted en el océano de la vida. De ahora en adelante nadará con sus propias fuerzas. Pero la inmersión total en las aguas turbulentas de la vida cotidiana nos puede ahogar si no estamos atentos, por eso conviene apartarse de vez en cuando para cambiar la posición del participante por la del observador. ...Paradójicamente en este momento comprendemos mejor todo lo que nos rodea. Te sorprendería saber hasta qué punto resulta refrescante y esclarecedor observar a la humanidad activa -incluido tú mismo- sin prejuicios, como si fuera una película. ¿Verdad que es un espectáculo?, y una vez que se ha acabado sles de la oscuridad a la luz."

Ellos proponen un sencillo experimento deja lo que estas haciendo, mira la vida como si fuera una película y obsérvate a ti mismo como si fueras un personaje. ¿Qué haces y por qué lo haces? ¿Qué personajes te rodean? ¿Cómo es tu habitación? ¿Qué destacaría la cámara para mostrar quién eres tú? Hazlo al menos unos minutos y prolóngalo si te da resultado. Luego podrías tomar de tus observaciones.

"A veces me paro a observar el espectáculo de la vida"

Esa es la mejor forma de darnos cuenta de lo que hacemos, si está bien o mal, y corregir si hace falta...

Besos.