
Ando de tribulaciones - para variar en mi -, que no dejo de darle al coco.
Una va analizando su vida y va descubriendo que se van cerrando etapas, que se van completando círculos y que tengo que dedicarme a otras cosas. Si hay algo que me caracteriza es que soy muy inquieta; aclaro: que me gusta innovar. Soy incapaz de instalarme en la monotonía, no aguanto el aburrimiento.
Lo que digo viene ratificado por mi marido que, según dice, no se ha aburrido conmigo ni un minuto en estos tropecientos años compartiendo vida (no sé si lo dice por halagarme o porque " lo tengo frito").
Bueno, sigo con lo de las tribulaciones. Cuando se está en fase de toma de decisiones (quito ésto pongo lo otro), suele estar una más sola que la ídem.
No, que nadie se asuste, todo está bajo control. Esto que me pasa me hace pensar en un montón de amigos (tomando nota de la cantidad de mensajes que he recibido esta semana, donde me decían lo importante que es olvidarse de una misma para ser feliz) necesitados de una palabra de ánimo, de un piropo.
Cuando oímos la palabra piropo se nos viene a la cabeza a ese hombre que, viendo pasar a una morenaza por su lado, le suelta aquello de "¡quién sería zapato para pisar por donde pisas!" y demás lindezas. Eso siendo suave, porque la misma morenaza atravesando por una obra llena de operarios, lo que suele escuchar son un retahíla de soecidades que, más que alabar el atractivo de la susodicha, hace que se abochorne, se sonroje y pase un mal rato.
El piropo, algo muy español, como los churros o la celebración de los Reyes Magos, siempre lo hemos entendido como el "dicho llamativo sobre la apariencia de una mujer". Bien dicho, o mejor, elegantemente dicho, arranca una sonrisa, levanta el ánimo y hasta la autoestima de la interpelada.
Bueno, pues yo apuesto por esa forma de requiebro, como define el diccionario al piropo, ¡qué bonito!: Requiebro, como una manera de alentar almas, de darles nuestro apoyo, de decirles que no están solas, que las queremos, que significan algo para nosotros, que son importantes en nuestras vidas.
Pero, a veces, nos puede el pudor; vacilamos a la hora de decirle al otro ( porque yo extiendo el piropo al sexo masculino ¡qué también tienen derecho!) lo que de bueno tiene, lo que provoca en nuestro interior. Y creo que ahí perdemos todos cuando nos callamos, por vergüenza o por una excesiva prudencia, lo que yo llamaría "el halago al prójimo". Por eso reivindico el exteriorizar los sentimientos positivos que hacen mucho bien. Es eso que pasa en muchos matrimonios añados, que no añejos: "cariño si tu sabes que te quiero mucho"...-sí, córcholis-"pero dímelo alguna vez".
Unas palabras bonitas en un contexto determinado pueden hacer maravillas en aquellos que pasan momentos bajos, que dudan, que cabilan o penan. No se pueden dejar pasar esas oportunidades de lisonjear aquello que nos agrada del otro.
Recuerdo a mi padre (que el día ocho hubiera cumplido años), como le gustaban los críos y como, cuando mi hija era pequeña y la llevaba al parque, se rodeaba de niños y no dejaba de decirles cosas bonitas:"vaya bici tan chula", "cómo has crecido desde ayer","que bien tiras a portería"; tanto era así que mi hija les decía: "dejadle tranquilo que es mi abuelo, no el vuestro". El, meses antes de morir, me dijo algo que me llenó de orgullo y que guardo como un tesoro en mi corazón. Disculpad que quede entre él y yo.
A mi amiga Marta, también fallecida, le gustaban mucho los requiebros. Era capaz de iluminar la tarde más gris con sólo dos palabras.
Y es que hay personas que tienen ese don especial, que podemos tener todos; sólo basta empeñarse un poquito, quitar esas caras largas, esos pensamiento de fragilidad o de pensar que vamos a mostrarnos débiles y arrancar a decirlo... el premio, inigualable.
Hace unos días mi hija me preguntó:
- ¿y tú desde cuando me quieres?:
-desde siempre - le contesté -
- ¿desde siempre quiere decir desde que me llevaste en tu vientre? - intentó aclarar -
- no, desde siempre quiere decir desde siempre, desde antes de tu concepción.
- ¡pero sí no me conocías!...
- ¡ja!, eso te crees tú; te conocía más de lo que crees. Yo ya te imaginaba... Cómo también quería e imaginaba a algún hermano tuyo que no llegó a nacer y que esperé con ilusión.
En unas convivencias de jóvenes hace ya algunos años, en una de esas veladas nocturnas, alguien me preguntó cual era el piropo más bonito que me habían dicho. Yo contesté: "mamá".
Comentarios
Que bueno sería que de nuestra boca sólo salieran caricias: "Tú puedes ánimo". "No pasa nada, inténtalo de nuevo". "Te quiero". "No tiene importancia"...
Pontemar
Necesitamos oír cumplidos,pero ante todo necesitamos sentir el calor de un cumplido sincero.
Todos somos frágiles,especialmente cuando queremos aparentar lo contrario.
Como dice Pontemar què bueno serìa que de nuestra boca sólo salieran caricias. Y es que un cumplido sincero puede atravesar la más sofisticada de las máscaras y tranquilizar un alma atribulada.La mujer y el hombre que crees que no desea oír piropos,probablemente es quien más los necesita.
Del mismo modo que las palabras pueden herir,también pueden curar.